JeSuS AmIgO

La Eucaristía y la Cruz

17 Octubre 2011 , Escrito por JeSuS AmIgO Etiquetado en #Jesus

La Eucaristía y la CruzJesucristo mismo instituyó la Eucaristía en la Última Cena. Bien sabía Él que iba en breve a dejar la tierra y que ya no iba a estar mucho tiempo con los suyos en su presencia corporal. Pero no quiso abandonarlos en absoluto.

     De alguna manera u otra, estaba decidido a quedarse con ellos. Y así fue como decidió otorgarnos su presencia real en la Eucaristía para sustituir su presencia corporal en la historia. Pero es que quería además dejarnos un recuerdo especial de su Pasión.

     Sabemos los cristianos que la fe en su Pasión es nuestro pasaporte para la salvación eterna. Pero sabía ÉI también lo olvidadizos que somos; y que hasta la silueta de su Cruz en el Gólgota podría un día ir desliéndose, lejana e irreal, en las neblinas del olvido.

     Y Cristo, mediante la perennidad de esa Eucaristía que el sol de cada mañana ve alzarse mil veces al cielo desde cualquier meridiano de su recorrido, quiso legarnos un memorial perpetuo y viviente de su Pasión.

     Y, además, instituyó este Sacramento en su Última Cena, porque sabía que las últimas palabras de un hombre que esta a punto de abandonar este mundo quedan, si con amor se dijeron, más grabadas en el alma al fuego del amor que tantas otras que fácilmente se perdieron en el aturdimiento de la vida.

     Era, pues, la Eucaristía, por así decirlo, su última voluntad y testamento para la familia humana.

     Era el alimento para nuestras almas provisto por el Señor en la víspera de su muerte, y a pocos días de su Resurrección y de su partida definitiva en su Ascensión al Padre.

     Era el más precioso regalo en toda la historia del cosmos, porque la Eucaristía es Cristo mismo, el Autor y el Dispensador de la gracia de Dios.

    Cristo expresó tajantemente su deseo de que la Eucaristía fuera el alimento de nuestras almas.

     ”Yo soy el Pan vivo bajado del cielo: el que coma de este pan vivirá para siempre. Pero además, el Pan que voy a dar es mi carne para que el mundo viva…

     Pues sí, os aseguro que si no coméis la carne y no bebéis la sangre de este Hombre, no tendréis vida en vosotros. Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día, porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida.

    Quien come mi carne y bebe mi sangre sigue conmigo y yo con él” (Juan 6,51-55).

     Este amoroso empeño por parte del Divino Maestro en recordarnos su Pasión y Muerte, y por ende su Amor es uno de los episodios más conmovedores y de mayor eficacia en la historia del mundo redimido.

     Podríamos hoy hablar de la omnipresencia de la Eucaristía en todas las partes del mundo, y de nuestra respuesta a ese don con las cruces de nuestros mil altares.

     Hay cruces en todos los pueblos y ciudades, cruces en los cementerios, cruces en las cumbres más bravías de nuestras montañas, en los cruceros de nuestros caminos, en las cúpulas de nuestros templos, en nuestros hogares, en nuestros ornamentos y banderas, y, sobretodo, sobre el pecho de muchas madres.

     Éste es un hermoso caso de la cooperación del hombre con el empeño del Redentor en recordarnos su amor plasmado en el Sacrificio de la Cruz.

     La Cruz será el último signo que presidirá, triunfal y consoladora, las nubes y los cielos, cuando, terminada su misión, expire la tierra, para dar paso a cielos nuevos y tierras nuevas.

 

Imagen | diazview.blogspot.com

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